Un cuerpo apareció el 11 de enero de 1947 en una calle de San Pedro de Macorís. Era una mujer de 67 años, muy delgada, con zapatos de hombre puestos. El certificado de defunción no dejó dudas: murió de hambre. Lo que casi nadie sabía en ese momento es que se trataba de la primera médica dominicana, una mujer que había dedicado su vida entera a salvar madres y recién nacidos en el país.
Se llamaba Evangelina Rodríguez y su historia arrancó muy lejos de cualquier consultorio. Nació en Higüey en 1879, sin que sus padres se hicieran cargo de ella, y creció con su abuela paterna vendiendo gofio por las calles de San Pedro de Macorís para poder comer.
De cuidar a un poeta leproso a estudiar medicina
Todo cambió cuando, siendo apenas una adolescente, empezó a visitar a diario la casa de Rafael Deligne, un poeta que vivía con lepra junto a su hermano Gastón. Evangelina le limpiaba las llagas sin cobrar un centavo, y de paso se quedaba escuchando las conversaciones de esos dos hombres cultos. Fue el propio Rafael quien le insistió en que estudiara.
Una maestra llamada Anacaona Moscoso fue quien le abrió el camino: le consiguió un trabajo alfabetizando adultos de noche para poder pagarse la escuela de día. Evangelina entró a la secundaria a los 19 años y se graduó de maestra en 1902. Un año después hizo historia: se inscribió en la Escuela de Medicina de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, algo que ninguna dominicana había hecho antes.
La tragedia que definió su especialidad
Se graduó de médica en 1911, a los 32 años. Pero la decisión que marcaría el resto de su carrera la había tomado cuatro años antes, en 1907, cuando Anacaona Moscoso —la mujer que la había ayudado a estudiar— murió por complicaciones de un embarazo que los médicos ya le habían advertido. De acuerdo a Hilda Peguero en Humankind News, fue justo ahí donde Evangelina eligió su especialidad: obstetricia, en un país donde apenas se consideraba medicina de verdad.
Pasó una década trabajando gratis en el campo, escribiendo libros, dando charlas y pidiendo donaciones para poder pagarse un viaje a Francia. En 1921, ya con 42 años, consiguió una beca del ayuntamiento de San Pedro y se fue a estudiar a París.
Lo que trajo de Francia: la «gota de leche»
En los hospitales parisinos aprendió una técnica que la marcaría: la goutte de lait, un programa que repartía leche de vaca hervida gratis a madres sin recursos. Volvió a San Pedro de Macorís en 1925 con tres baúles llenos de libros y decidida a montar algo similar en un pueblo que no tenía hospital materno ni leche segura.
Instaló su consulta en el cuarto más grande de una casa de madera en la calle Independencia. Iba de finca en finca pidiéndole leche a los ganaderos, contrataba mujeres del barrio para prepararla y repartirla, y ella misma la pasteurizaba en su propia cocina antes de distribuir una sola botella. Enseñó a las comadronas a lavarse las manos y a hervir los biberones, y en su consulta repartía condones de forma gratuita.
También atendía a las mujeres que nadie más quería atender
Evangelina también cargaba su maletín hasta los burdeles del puerto para atender gratis a las trabajadoras sexuales, algo que generó mucho comentario en el pueblo. Cuando se lo reprocharon, respondió que no eran mujeres malas, sino mujeres pobres sin otra opción de trabajo, y siguió yendo. Con fondos que ella misma consiguió, levantó una maternidad en el centro del pueblo, la Casa Amarilla, donde podía entrar cualquier mujer, pagara o no.
El precio de todo esto fue alto: le dejaban cartas anónimas bajo la puerta, la insultaban por no haberse casado nunca y se burlaban de su color de piel. Dejó de arreglarse y empezó a usar zapatos de hombre.
El error de no agradecerle a Trujillo
En 1933 presentó un trabajo en un congreso médico y fue reconocida, pero cometió lo que en esa época era un error fatal: no le agradeció al dictador Rafael Leónidas Trujillo. Dos años después la excluyeron del siguiente congreso, su nombre desapareció del registro nacional de médicos y el régimen montó sus propios programas de reparto de leche sin mencionarla jamás.
Nunca se calló frente al régimen. En 1946, durante una huelga azucarera en el Este del país, la detuvieron cerca de Pedro Sánchez, la llevaron a la Fortaleza de San Pedro de Macorís, la golpearon durante varios días y la dejaron tirada en un camino rural cerca de Hato Mayor. Después de eso dejó de hablar, y luego dejó de comer.
Lo que quedó de ella
Su historia estuvo a punto de perderse para siempre. Fue en 1980, 33 años después de su muerte, que el psiquiatra sampedrino Antonio Zaglul —quien había sido su paciente de niño— publicó su biografía y la rescató del olvido.
Hoy una calle de Santo Domingo lleva su nombre desde 2014, la maternidad pública de San Pedro de Macorís se llama Hospital Materno Evangelina Rodríguez, el INTEC tiene un centro de salud comunitaria a su nombre y entre siete y ocho de cada diez estudiantes de medicina en el país son mujeres. Aun así, en 2025 murieron 177 mujeres por causas relacionadas con el embarazo y 1,819 bebés antes de cumplir un año, según cifras de Salud Pública, la mayoría de causas que ya se sabía cómo prevenir desde los tiempos en que ella hervía leche en su propia cocina.











